
Sebastian Zoroastro y Carlos Jiménez
La difícil tarea de que los varones nos situemos en el contexto y el territorio
En este último Ni Una Menos, cobró fuerza la pregunta sobre ¿cuál es el lugar de los varones frente a las luchas feministas?, y no podemos despegar esta pregunta del contexto en el que nos encontramos.
Actualmente, el recrudecimiento de las violencias por motivos de género, la misoginia, el machismo y los discursos anti-derechos no sólo son promovidos desde el discurso oficial, sino que también son sostenidos desde las políticas negacionistas del gobierno mediante los diferentes organismos públicos. Diversas estadísticas ponen en evidencia y marcan con contundencia que este tema constituye un problema social crítico, que requiere un abordaje inmediato. Desde el Observatorio “Ahora que sí nos ven” y la organización feminista “Mumala” comparten que ya se registraron 127 víctimas fatales desde que comenzó el año hasta finales de junio.
Recordemos que, según los datos del Observatorio de Femicidios de la Defensoría del Pueblo de la Nación, para el año 2025 se registraron un total de 247 víctimas de femicidio, lo cual muestra una persistencia sostenida de los femicidios en este último periodo. Un dato relevante que se repite año tras año, es que la mayoría de los femicidas fueron pareja o expareja de las víctimas, para el 2025 llegó al 84 %.
Las tasas más altas de femicidios se encuentran en las las provincias de Santa Cruz, Misiones y Neuquén). Poniendo el foco en la provincia de Buenos Aires, si bien esta región concentra uno de los mayores números de casos del país, su tasa en media baja en comparación con el resto de las provincias. Al considerar la cantidad de casos en relación con la población femenina, la provincia se ubica en el decimoquinto lugar entre las jurisdicciones argentinas, según el informe del Observatorio de Femicidios de la Defensoría del Pueblo de la Nación.
La situación de la PBA ha sido similar en los últimos años, donde aproximadamente el 35% de los femicidios de toda la Argentina, y dentro de esta jurisdicción, más del 65% de los casos ocurren sistemáticamente en los 24 partidos que conforman el Conurbano.
En este contexto, las consignas del movimiento feminista para este #3J fueron contundentes, además con una clara referencia al contexto político y económico
actual: “Vivas, libres y desendeudadas nos queremos”. A esta situación, se suma la provocación del gobierno nacional, con la promoción del proyecto de ley que busca agravar las penas por “falsas denuncias”, claramente como herramienta de disciplinamiento y amedrentamiento hacia las víctimas. Por otro lado, hace pocos días circuló públicamente una denuncia hacia un varón referente de luchas sociales, lo cual abrió el debate sobre el rol que juegan en las luchas de géneros y cómo opera la masculinidad hegemónica en la construcción de la multiplicidad de vínculos de un varón con su entorno, en lo personal, en lo público y, por supuesto, en lo político.
Frente a esta situación, quienes trabajamos en espacios de masculinidades intentamos intervenir. Organizamos talleres, grupos de reflexión, materiales de formación, campañas y debates públicos. Y sin embargo, cada tanto aparece una sensación incómoda: quizás haya algo de nuestra forma de interpelar a los varones que está mostrando límites. Desde “Masculinidades Críticas del ICO” nos interpela a poder contribuir y promover espacios situados para la reflexión y la acción de varones. En este sentido, este artículo se propone reflexionar, poner en cuestión algunas incomodidades y abrir nuevas preguntas. Durante mucho tiempo pusimos el foco en escuchar y acompañar la incomodidad masculina, y probablemente era necesario. Muchos de nosotros llegábamos a estos espacios desorientados, defensivos o confundidos. Había que construir condiciones para revisar privilegios, reconocer violencias y empezar a hacernos preguntas. No obstante, quizás esa etapa empieza a agotarse.
Porque muchas veces terminamos validando el «no sé qué hacer» sin lograr que se traduzca en transformaciones concretas. De este modo, la incomodidad se vuelve un lugar de permanencia más que un punto de partida, una identidad, una posición política o un refugio. Y mientras tanto, las compañeras suelen describir algo bastante distinto sobre lo que nosotros creemos estar haciendo, nos dicen “entienden, reflexionan, se cuestionan, pero después no pasa nada”. Así, la reflexión no se convierte en práctica y la conciencia no se convierte en compromiso.
Durante los últimos años, la derecha entendió algo que muchos espacios populares todavía no terminamos de comprender: existe una disputa política sobre el significado de ser varón. Los discursos reaccionarios crecieron ofreciendo certezas. Prometen devolver autoridad, reconocimiento y privilegios perdidos. Nos dicen a los varones que el problema es el feminismo, que la igualdad nos perjudica, que los derechos de otros amenazan los propios.
Frente a eso, muchas veces respondemos únicamente señalando los daños que produce la masculinidad tradicional, y esos daños existen, son reales, y nos vemos todos los días. Necesitamos reconocer que el feminismo también libera a los varones de los altos costos por pertenecer a una masculinidad que daña nuestros vínculos, violenta mujeres y diversidad y también a las violencias que recibimos nosotros, los varones, justamente de otros varones. Porque casi siempre el asesino, el agresor, es un varón.
Nos libera del mandato de la dureza permanente y de la obligación de demostrar poder, de la competencia constante, de la imposibilidad de pedir ayuda. De una forma de vivir los afectos que muchas veces termina produciendo soledad, sufrimiento y violencia. Si la derecha nos ofrece pagar costos altísimos solo para sostener esta masculinidad tradicional, el feminismo nos ofrece algo mucho más interesante: la posibilidad de construir vidas más libres y vínculos más humanos. Esa disputa cultural no puede quedar en segundo plano.
La neutralidad es una alianza con el poder
Hay una segunda cuestión que nos parece todavía más importante para quienes militamos en organizaciones políticas y populares. Muchos de nosotros solemos pensar que frente al feminismo existen dos posiciones: acompañar o no acompañar. Sin embargo, la neutralidad no existe.
Cuando un varón dirigente sindical minimiza una denuncia, cuando un compañero permanece callado frente a una situación de violencia, cuando una organización posterga indefinidamente la discusión sobre desigualdades de género, cuando un militante considera que esos temas son secundarios respecto de otros conflictos sociales, no hay neutralidad. Por el contrario, se está contribuyendo a sostener un orden determinado. Rita Segato habla de los «dueños de la vida», es una imagen poderosa para pensar quiénes concentran hoy la capacidad de decidir sobre la existencia de millones de personas, nos referimos a los grandes grupos económicos, los multimillonarios globales, los Trump, los Musk, los Galperini.
Y acá aparecen preguntas incómodas para muchos de nosotros, varones del campo popular: ¿Cómo es posible que denunciemos todos los días la concentración de la riqueza, la explotación laboral y el poder corporativo, pero no logremos conectar esas discusiones con las desigualdades de género? ¿Cómo puede ser que entendamos que el capital necesita jerarquías para reproducirse, pero nos cuesta ver el papel que juega el patriarcado en esa reproducción?
Las luchas feministas no son una agenda sectorial, son una disputa sobre la distribución del poder machista y capitalista. Por eso la indiferencia masculina frente al feminismo no es una posición neutral, dado que termina fortaleciendo el mismo orden que concentra riqueza, privilegios y capacidad de decisión en pocas manos.
Pasar de la reflexión a la acción
Nada de esto implica abandonar la escucha o el trabajo sobre las experiencias de los varones. Pero quizás sí implica reconocer que la narrativa de la angustia autorreferencial está mostrando límites.
No alcanza con que nosotros, los varones, entendamos.
No alcanza con que nos sintamos incómodos.
No alcanza con que reconozcamos privilegios.
La pregunta es qué hacemos con eso, porque el problema nunca fue la incomodidad. El problema es quedarse a vivir en ella. Y tal vez el desafío de esta etapa sea justamente ese: dejar de pensar a los varones como sujetos que necesitamos ser permanentemente acompañados en su desconcierto y empezar a convocarnos como sujetos capaces de asumir responsabilidades, tomar posición y actuar.
El compromiso no se mide por cuánto entendemos ni por cuánta incomodidad somos capaces de nombrar. Se mide por las acciones concretas que estamos dispuestos a impulsar. En los sindicatos, en las organizaciones políticas, en los espacios de derechos humanos, en los movimientos sociales. Pero también en nuestros hogares, en nuestras parejas, en nuestras amistades, en la crianza y en cada uno de nuestros vínculos cotidianos.
La pregunta por el lugar de los varones sigue abierta. Pero quizás una respuesta posible sea esta: nuestro lugar no está en la incomodidad. Nuestro lugar está en el compromiso. Y el compromiso siempre toma forma en acciones concretas en el territorio, tanto en la vida pública, como en nuestras relaciones personales. El feminismo también libera a los varones.
Sebastián Zoroastro. Coordinador de Masculinidades Críticas y Territorio, ICO-UNGS.
Carlos Jiménez. Secretario Académico y Director de Masculinidades Críticas y Territorio.