
SUELO VIVO:
Un recurso invisible que sostiene la vida
Por Laura Ramos
Área de Ecología – Instituto del Conurbano – Universidad Nacional de General Sarmiento
¿Por qué es importante el suelo?
El SUELO, habitualmente se percibe como un simple soporte físico en donde crece la vegetación, construimos ciudades e infraestructura, y la base sobre la que desarrollamos nuestras actividades. Sin embargo, es mucho más que eso. El suelo es un ecosistema vivo esencial para la vida (FAO, 2015; Kibblewhite et al., 2008), dinámico y complejo, con una extraordinaria diversidad de organismos que habitan en él. En apenas unos centímetros de suelo fértil conviven millones de microorganismos, raíces, hongos e invertebrados que sostienen procesos esenciales para la vida en la Tierra. Comparativamente hablando, en una cuchara de suelo hay más organismos vivos que humanos en el planeta tierra.
Según Primavesi (2016) , la importancia de contar con suelos vivos o de buena salud radica en la enorme cantidad y variedad de beneficios que brinda como sostenimiento de la biósfera y de las actividades humanas. Algunas de estas funciones fundamentales que brinda son: la regulación del ciclo del agua, controla inundaciones reteniendo agua en sus poros, purifica el agua capturando contaminantes, permite la recarga de reservas de agua subterráneas y posibilita la supervivencia de las plantas y los organismos mediante la disponibilidad del agua retenida. Además, cumple un rol fundamental en el ciclo de los nutrientes, aportando las condiciones y el espacio físico para la actividad biológica de los organismos descomponedores que actúan como soporte para la vegetación, para la producción de alimentos y para el desarrollo de paisajes y ecosistemas. Entonces, el suelo puede entenderse como un recurso natural que brinda múltiples servicios ecosistémicos que directa o indirectamente son indispensables para la sociedad.

Algunos de los beneficios de tener suelos sanos
El suelo como recurso ¿Renovable?
Las prácticas de producción de alimentos inadecuadas, la expansión urbana, la contaminación y el uso intensivo del suelo, han provocado procesos graves de deterioro, que afectan su capacidad para sostener estas contribuciones ecológicas y seguir funcionando como un ecosistema vivo.
Según estadísticas de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), más de un tercio de la superficie terrestre del planeta (33%) se destina a la agricultura, es decir, a cubrir una demanda, que, proviene de una única especie, la humana, y que constituye sólo una de las actividades antrópicas que consumen recursos. Esto equivale a decir que se lleva aproximadamente unos 4.781 millones de hectáreas. Además, se estima que más de 1,6 mil millones de hectáreas de tierra ya están degradadas, siendo esta actividad productiva una de las principales causas de la pérdida de fertilidad y salud del suelo. Esto no representa un dato menor, considerando que los suelos proporcionan el 98,8% de la alimentación para la humanidad.
A su vez, el rápido crecimiento de la población mundial ejerce una presión sin precedentes sobre este recurso, generando profundos impactos sobre los suelos y su capacidad para garantizar las funciones ecológicas que sostienen la vida, no solamente por el propio crecimiento poblacional, con su consecuente incremento en la demanda de alimentos, sino además, porque los modelos productivos predominantes, se basan en prácticas ecológicamente destructivas, de sobreexplotación, que no consideran al suelo como un sistema necesario para sostener la propia actividad. Así como tampoco se comprende como recurso finito, limitado y agotable, si no se usa de manera razonable o responsable. Esto es clave, dado que existen modelos productivos alternativos, menos impactantes, que promueven incluso la recuperación de las funciones ecológicas en los sistemas productivos, promoviendo una sostenibilidad productiva como lo es al caso de la Agroecología. Por lo tanto, es claro que estamos ante la necesidad de avanzar hacia manejos sostenibles orientados a la restauración ecológica (Scholes et al. en IPBES, 2018).
Y por casa… ¿Cómo andamos?
La Argentina, siendo un país agroexportador, lejos de ser una excepción, no escapa a la tendencia global respecto de la expansión de tierras agrícolas, como menciona Pengue en varios de sus trabajos (2005, 2017 y 2018), pero también de una intensificación en la producción. La intensificación productiva consiste en incrementar la producción de alimentos, por metro cuadrado de tierra. Esto se logra recurriendo a prácticas que no respetan los ciclos y los tiempos de los ecosistemas para permitir su mantenimiento, llevando al suelo a una situación de degradación continua.
El caso típico de intensificación agrícola en el conurbano bonaerense lo constituye la producción hortícola (de frutas y verduras) que es una actividad relevante, no sólo en términos de la superficie destinada a esta actividad, sino, además, porque representa la principal producción que abastece de alimentos frescos a la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Se debe recordar que, en el Conurbano bonaerense, se localiza el conocido cinturón verde hortícola, fundamentalmente conformado por zonas como La Plata, Florencio Varela, Berazategui, Escobar, Moreno, entre otras. En estas áreas de horticultura, la intensificación de la producción se logra mediante la construcción de invernaderos, el riego artificial, la implementación de fertilizantes y plaguicidas químicos, la siembra sostenida sin respetar los ciclos de descanso del suelo, y reduciendo la diversidad sólo a las especies que demanda la sociedad, afectando negativamente al suelo y sus funciones.
Sin embargo, vienen creciendo en las últimas décadas, algunas formas de producción agroecológicas que no utilizan químicos como veneno para eliminar la diversidad, que promueven la variedad de especies en las huertas para incrementar su estabilidad, resistencia y productividad natural (Altieri, et al, 2017).
Por último, es importante destacar que los suelos típicos de la región Pampa, sobre los cuales habitamos y se desarrollan estas actividades, presentan características relevantes que combinadas, lo convierten en un recurso nacional estratégico único en el mundo, ya que presenta una elevada fertilidad (Pannigatti, 2019; USDA, 2022), una buena disponibilidad de agua almacenada de lluvias y un clima templado que favorece y permite la producción de distintos cultivos, durante todo el año. Es por ello que, su gestión sostenible debería ser una cuestión de prioridad nacional, a la hora de desarrollar políticas de Estado.
¿Cuál es el aporte de investigadoras/es de Ecología sobre el ecosistema suelo?
En este escenario, desde del Área de Ecología del Instituto del Conurbano (UNGS), se viene desarrollando una línea de investigación dedicada a estudiar, analizar y evaluar la salud de suelos hortícolas pertenecientes al Partido de Escobar, del conurbano bonaerense. En particular estas investigaciones se desarrollan en el marco de un Proyecto actual llamado el NEXUS: identificando los vínculos entre los Recursos Naturales y los Sistemas Alimentarios, dirigido por el Dr. Walter Pengue, que busca entre otras cosas, generar información sobre las relaciones entre los distintos recursos implicados en la actividad (Agua – Energía), en el cual se viene sumando como una componente del proyecto, a la producción de información sobre el estado de los suelos productivos, donde se comparan los valores entre suelos bajo manejos industriales versus manejo agroecológico.
Una cuestión no menor, es que durante las últimas décadas, en diversos partidos con conurbano bonaerense, y también en Escobar, se viene dando una compleja competencia por el uso de territorio en general y del suelo en particular, por ejemplo para la producción hortícola, para el desarrollo de viveros y producción florícola, y una importante presión por parte de desarrollos inmobiliarios que tensionan tanto sobre tierras productivas, como sobre espacios naturales de humedales. Lo que configura una especial importancia a la hora de evaluar cómo se maneja el suelo, y qué sostenibilidad presenta como consecuencia de esos usos diversos.
En este sentido, y como parte de estos estudios, se recorren distintos establecimientos productivos, se identifican las diversas formas de manejo que realizan los productores, y generando un vínculo con ellos y su acuerdo para el trabajo en sus territorios, se vienen realizando campañas de tomas de muestras de suelo, que luego son empaquetadas, identificadas, refrigeradas y llevadas al laboratorio de Ecología de la UNGS, para ser analizadas.
Recorridas por establecimientos productivos

Proceso de toma de muestras de suelo hortícola y suelos de borde, en establecimientos productivos convencionales y agroecológicos, donde participan estudiantes de Ecología (Vanina Vesciunas y Soledad Álvarez).

Proceso de toma de muestras de suelo por estudiantes de Ecología.
Actualmente, en este proceso de investigación, y junto con investigadores docentes, contamos con la participación de estudiantes de la licenciatura en Ecología, que desarrollan sus tesinas en el marco del proyecto NEXUS, para finalizar su carrera de grado, facilitando un proceso formativo integral y experimental esencial para un ecólogo.
Una vez finalizadas las campañas de muestreo, se trasladan las muestras refrigeradas al laboratorio de Ecología de la UNGS, para evaluar de manera integral la salud del suelo, mediante la determinación cuantitativa y cualitativa de variables físicas, químicas y biológicas.

Trabajo en el laboratorio de Ecología
Uno de los objetivos principales es entonces, poder analizar comparativamente la salud de los suelos bajo manejo Industrial (también llamado manejo convencional) y agroecológico. A partir de las imágenes, se puede observar que el sistema industrial es homogéneo, simplificado, con pocos cultivos predominantes, con poca o nula biodiversidad, en los que se recurre a la aplicación de productos químicos, entre otras características, mientras que, el sistema agroecológico promueve la biodiversidad para restaurar los procesos ecológicos dependientes de los organismos en el sistema, no se utilizan productos químicos para eliminar insectos u otros organismos, se busca recuperar el equilibrio, mejorar la salud del suelo mediante agregados naturales de componentes orgánicos y consecuentemente, su capacidad para realizar funciones ecológicas. El objetivo es, entonces, hallar diferencias en los suelos bajo distintos manejos, es poder evidenciar que las prácticas de manejo son sumamente decisivas a la hora de evaluar cómo está funcionando el sistema productivo, y que pueden afectar negativamente la sustentabilidad productiva, en el ecosistema y en los alimentos, o, por el contrario, pueden promover su recuperación, la obtención de una producción saludable para la población y garantizar la conservación del sistema productivo a largo plazo.
De los resultados que se vienen encontrando en estos estudios, se desprende que en general, los suelos agroecológicos presentan mayor vitalidad y diversidad de organismos, mejores condiciones físicas, cantidades superiores de carbono orgánico y más capacidad para retener agua, lo que finalmente se traduce en una mayor capacidad para realizar funciones ecológicas y estabilidad del sistema suelo.
En conclusión, es posible afirmar que, frente al escenario actual de crisis ecológica, degradación de recursos y competencia por el uso del suelo para distintas actividades humanas, surge la necesidad de promover una alternativa que priorice la vitalidad e integridad del suelo, entendidas como su capacidad para mantener procesos ecológicos, sostener comunidades biológicas diversas y continuar proporcionando servicios ecosistémicos a las generaciones presentes y futuras. En tal sentido, conocer, monitorear y conservar la salud de los suelos no constituye solamente un desafío científico, sino también una condición indispensable para avanzar hacia sistemas productivos más sostenibles, ciudades más resilientes y un uso responsable de los recursos naturales.
Finalmente, a partir de los datos encontrados, se espera trabajar en un intercambio con los productores, y si fuera posible con el estado local, para dar herramientas en la toma de decisiones de manejo que promueva la recuperación de la salud del ecosistema suelo, de los cultivos, de los organismos y de las personas, conocido como el concepto de UNA SALUD (OHHLEP, 2022).