Profundización de la crisis de cuidados: una reforma laboral que legaliza la precariedad, profundiza la desigualdad, aumenta el disciplinamiento.

por Julia Campos
Observatorio sindical de relaciones laborales (ATE) – Las Fuerzas del Trabajo
La reforma laboral recientemente aprobada por el congreso de la nación no cuenta en ninguno de sus artículos con un derecho nuevo para quienes trabajamos. Se trata de un texto normativo en el que no avanzamos absolutamente en nada. En este contexto pensar quienes pierden más es un ejercicio poco virtuoso. Perdemos todos, todas y todes. Pocas cosas nos unifican más que este despojo. Aún así, es posible pensar en el impacto diferencial que esta reforma tendrá en quienes cuidamos, quienes sostenemos las tareas reproductivas, quienes sostenemos esa doble jornada.
No es posible, sin embargo, pensar o reflexionar sobre esta reforma sin ubicarla en el contexto de una crisis de cuidados, de un proceso masivo de precarización contractual y pluriempleo debido a la suba en el costo de vida y a los salarios degradados. Pobres de tiempo, pobres de dinero y cada vez con mayor fragilidad en términos de salud mental. Así estamos quienes cuidamos. Entonces, nos afecta a todxs sí, pero el impacto es diferencial y en muchos casos profundiza la desigualdad.
La reforma laboral se divide en tres grandes ejes que es necesario analizar desde una mirada feminista. El primero ligado a la pérdida de derechos individuales, los cambios en las condiciones de trabajo y las prerrogativas patronales. El segundo ligado a la destrucción del sistema previsional tal y como lo conocemos, las transferencias de recursos y el peligro de la seguridad social futura. El tercer eje se refiere a los ataques directos sobre las organizaciones sindicales, los límites a las huelga, a la negociación colectiva, y a la organización en el lugar de trabajo.
Tiempo de trabajo y tiempo de descanso: la desregulación de la vida y el caos en la organización del cuidado.
Una de las luchas más extendidas de la clase trabajadora es la disputa por el tiempo. ¿Cuánto tiempo voy a trabajar? ¿Cuánto vale mi tiempo? ¿cuánto tiempo me queda libre? No es necesario buscar mucho para entender la relevancia de la lucha por la jornada de 8hs y el cambio que significó para las personas, sus familias y comunidades.
Luchar por el control del tiempo refiere a garantizar un tiempo de descanso, pero además lograr que el mismo sea predecible, que permita organizar nuestravida, nuestras actividades no laborales, nuestro esparcimiento, las tareas de cuidado y autocuidado. Esta reforma da por tierra con esto tanto en su articulado referido a jornada y banco de horas como a la regulación de las vacaciones.
“Solo explicita lo que ya sucede de hecho” dicen los agoreros justificadores de la precariedad. Es cierto que pocas personas sostienen la vida con un solo trabajo, que el pluriempleo está generalizado y que las horas antes de descanso, son ocupadas hoy por múltiples changas y trabajos alternativos que complementan el salario. Sin embargo, esta reforma no alivia en nada esta situación, no hay ningún atisbo a resolver los salarios de hambre, simplemente desregula la estructura que quedaba, iguala para abajo. El problema de la precariedad y el pluriempleo no se resuelve con más flexibilidad horaria y pérdida de horas extras. La falta predecibilidad horaria dificulta el trabajo a contraturno pero la ausencia de horas extras nos empujan a buscarlos: una ecuación imposible. La imprevisibilidad sobre cuánto y cómo trabajar afecta muchísimo a quienes dependen de horarios escolares, de trabajadoras cuidadoras contratadas, incluso de una red familiar comunitaria de apoyo. Afecta y al mismo tiempo profundiza las desigualdades tanto en el ingreso como en la permanencia en el mundo del trabajo impactando en la estabilidad, en la promoción y en la conformación salarial – muchas mujeres perdemos sistemáticamente premios y presentismo por deberes asociados al cuidado-.
Para quienes cuidamos la regulación no solo es mala por lo que dice sino por lo que silencia. Es increíble que, con tantas pruebas documentadas sobre cómo la desigualdad de género se cristaliza en las relaciones laborales y eso a su vez profundiza la desigualdad por fuera del ámbito de trabajo, no haya habido ningún intento de morigerar sus implicancias. No se regularon mayores licencias por paternidad, ni licencias por enfermedad de persona a cargo, ni por adopciones, entre otras infinitas posibilidades en las que se podrían haber incluido artículos que descompriman la carga de cuidados que cae generalmente sobre mujeres y feminidades.
La desregulación de la jornada de Argentina, no obstante, no es un destino inexorable, una parte del mundo avanza en otro sentido, uno acorde a repensar nuestras sociedades y distribuir el tiempo de trabajo. En efecto, mientras en Argentina retrocedemos décadas, otros países vienen avanzando y regulando su disminución (Chile, Mexico, España por solo nombrar algunos).
El sistema de seguridad social en la cuerda floja: privatización, desfinanciamiento y contracción del alcance.
Uno de los grandes cambios que impulsa esta nueva normativa es la creación del FAL (Fondo de Asistencia Laboral) con el objetivo de socializar el costo de los despidos mediante el desfinanciamiento de la seguridad social.
Previo a la reforma, si un empleador realizaba un despido, debía correr con el costo de la indemnización (aproximadamente un mes por año trabajado más proporcionales de aguinaldo y vacaciones). En la nueva normativa, el empleador destina un 3% de la remuneración de cada trabajador a una cuenta que administra estos fondos y actúa como una aseguradora. El empleador no incrementa la carga patronal con este monto, simplemente deriva fondos que antes destinaban a la seguridad social. Es decir, antes ese monto iba al ANSES (financiaba jubilaciones, AUH, etc.) y ahora a una “caja” administrada por fondos de inversión. ¿Pero entonces quién financia los despidos? En la práctica puede suceder que despedir sea gratis para los empleadores lo que elimina todo tipo de freno a la hora de llevarlos adelante. Cuando ocurra un despido, el FAL se hará cargo (si es que los fondos de inversión no se fumaron los aportes). Al mismo tiempo, las arcas del anses verán disminuidos los ingresos (algunas estimaciones hablan del 30%) con los que hacer frente a las necesidades y derechos de los sectores más postergados de la sociedad. Cuanto más se desfinancia la seguridad social, más se agudiza la crisis de cuidado y el ahogo salarial. Se trata de una retracción del estado en cuidado e ingresos que debe ser cubierta por los hogares. Quienes cuidamos salimos a cubrir con tiempo todo lo que el dinero ya no puede pagar acelerando la velocidad en un círculo invirtuoso en el que tiempo de cuidado y tiempo de trabajo remunerado compiten a la eternidad de una jornada imposible e implacable que se consolida sobre cuerpos feminizados.
Y ahora quién podrá defendernos? El ataque directo a los sindicatos y a su posibilidad de resistencia.
Independientemente de la caracterización que cada quien tenga de las conducciones sindicales existentes, es difícil negar la necesidad de la organización colectiva para frenar abusos en los lugares de trabajo, en las actividades, o incluso en las normativas existentes. Esta ley, también limita las posibilidades organizativas, las limita con un mensaje explícito “te saco todo, incluso la posibilidad de resistir”. Ataca por un lado, la organización en el lugar de trabajo, por otro lado, las posibilidades de enfrentar arbitrariedades con conflictos, finalmente, la centralidad de la negociación colectiva que nos permite establecer límites
generales a la explotación.
En el texto aprobado se limita la posibilidad de hacer asambleas en el lugar de trabajo en horario laboral, imponiendo la obligatoriedad de solicitar permiso a la patronal, aun cuando la necesidad de reunirse obedezca a un hecho grave o incumplimiento generado por ella misma. Para quienes cuidan, organizarse o accionar gremialmente fuera del horario laboral compite directamente con esas otras responsabilidades, es por eso que sacar la organización del lugar y horario laboral atenta contra nuestra participación. Mientras las empresas buscan despojarse de la organización en el lugar de trabajo, para nosotras se constituye en una alternativa real y posible de participación y acción.
Otro de los obstáculos que pone la ley se refiere a la negociación colectiva mediante diferentes mecanismos que debilitan los ámbitos de actividad por sobre los de empresa. Cuanto más pequeño es el ámbito negocial, mayor es la debilidad sindical y la correlación de fuerzas más desventajosa. Más allá de esta ley, los espacios de negociación colectiva deben ser de los más masculinizados al interior de los sindicatos. Esto se debe a muchos factores pero en la práctica impactan en que generalmente las cuestiones ligadas a la doble jornada se negocian poco y mal, nada hace la nueva ley para revertir o morigerar esto.
Finalmente, otro de los derechos más afectados es el derecho a huelga. La generalización de “servicio esencial” a casi toda actividad posible, vuelve el derecho a huelga difícilmente practicable. Si una actividad es esencial (invito a enumerar cuales quedan por fuera) la cobertura de guardias mínimos va a tener que ser de 50% en algunos casos y del 75% en otros volviendo la medida de fuerza impotente.
Quien dijo que todo está perdido…
Hoy es difícil imaginar cómo salir de esta situación, cómo reorganizar la resistencia, como consolidar procesos de lucha. Vamos caminando y reflexionando, pivoteando entre el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad.
La presencia de compañeras en comisiones internas, como congresales o en conducciones sindicales es de una magnitud inédita. La construcción colectiva de las jornadas del 8 y 9 M por parte de las tres centrales sindicales como resultado de muchos años de trabajo conjunto. La conciencia que fuimos ganando en la disputa sobre el tiempo y sobre la posesión del propio cuerpo no son en vano, son un acumulado histórico que tenemos que atesorar en tiempos incluso de derrota.
Perdimos derechos y es posible que en los próximos años perdamos más, pero como clase nos organizamos desde hace más de 200 años y cada derecho que gozamos no fue más que la cristalización de nuestra propia fuerza, el resultado de lucha sobre lucha. Las mujeres trabajadoras somos parte de esta historia, construyendo y sosteniendo cada proceso de organización y luchando a la vez por nuestra propia emancipación. Todo derecho que hoy existe alguna vez fue conquistado.